viernes, 17 de julio de 2020

MI TRIBUTO A LOS CUADERNOS NEGROS DE HEIDEGGER


A veces (lo he comprobado en mí mismo pero también en algunas de las personas que me siguen en Facebook con más atención desde hace meses) la voluntad de disconformidad con algo procede del desencanto con ese algo (hay tantos algos como decepciones, algos "nacionales" que no tenían otra salida que ser -con resabios bipolares- o ludismo juligan o suicidio latente "de armario", algos abertzales que abandonaron a Fanon por Sealand, algos de centroizquierda que encallaron en una falsa y vacua radicalización demagorreica, algos de centroderecha que se autotraicionaron en abyectas emasculaciones de low profile). La peor crítica contra lo pardo, por volver al título de esta entrada, tal vez no sea considerarlo como el archienemigo, el mal absoluto, la bestia parda de las bestias pardas, sino como un F-R-A-U-D-E. Ahí la validez de Heidegger, que "picó" (de un modo más prosaico, de Schmitt, que también "picó"). Ahí la validez de los hermanos Jünger, que vieron el tongo desde el primer momento. Ahí la validez de mi buen amigo el zenmeister, que interiorizando en lo más esotérico de lo pardo, detectó los terrores más íntimos de Hitler cuando, en sus escasos momentos de lucidez, era consciente de su ínfima condición de Mickey Mouse domador fallido de unas escobas que estaban muy por encima de él, escobas Superiores y Desconocidas ante Las Que tendría que dar cuenta eternamente tras esa felación final de su pistola. Heidegger, en sus CUADERNOS NEGROS, aún lejos (¿pero ya oteando?) el desenlace zen de su etopeya, ya parecía adivinar esos hallazgos que Takla Makan a veces me recuerda en nuestras tertulias evocadoras de Godenholm...

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