martes, 7 de enero de 2020

EL ZURDO Y SU PLUMA


Una de las bondades que estoy encontrando en mi actual inmersión en Unamuno es esa difusa linde que parece mostrar entre la escritura y la grafomanía y que deja especialmente expresada en su artículo (justo acabo de leerlo) GANAS DE ESCRIBIR. Escribir como estatus, como medio de vida, o escribir como impulso incontenible que, si se contiene, daña. Para mí, que no soy académico como Reverte y a quien, desde hace ya lustros, muy raras veces pagan por lo que escribo (sea pidiéndome colaboraciones o haciéndome pedidos, cada vez más escasos, de esa revista corazonesca o de esos libros que siguen llenando mi casa y la de los padres de mi amiga Esther), y que suelo "deponer" (la escatología se sobreentiende) mis ocurrencias (he aquí la muestra) en espacios de Internet que yo me he creado, la escritura y la grafomanía se confunden (y ya no digamos para los demás, para quienes consideran a Reverte un escritor en función de su cantidad de papel publicado y de su sillón -tan discutido por el intempestivo Gª Viñó- en la Academia). Uno de esos espacios de Internet lo dediqué a reivindicarme como vinculado sustantivamente a la escritura (no es casual que sea el espacio de los míos menos visitado, acostumbrado el personal a encasillarme como paridor del PARA TI -aunque esa letra tan larga, una de las más largas del pop español, de una longitud quasi dylaniana, alguien la tuvo que escribir ¿o no?, morcillas y revisiones incluidas- y cronicón de la Movida y las Vainicas -pero las crónicas también surgen, si trascienden el mero encargo, de las ganas de escribir, como las canciones, las opiniones o las narraciones-, sin pararse el personal en nada más -el resto de mi material, o incomoda o no merece ser descubierto, habida cuenta del estereotipo adverso, "veneno de taquilla", "cortarrollos", "incorrecto impenitente" y tal, con que cargo más o menos desde el 86-). También dediqué una entrada shadowliner a rumiar sobre mi relación con la escritura, sintiéndome más cerca del potencialmente suicida Ignatius Reilly (AKA John Kennedy Toole) y del potencialmente homicida John Doe (que consumarían sus autodestructivas potencias precisamente al dejar de escribir), que de quienes han hecho de la pluma más estatus y profesión (no de fe) que pulsión incontenible (pues, lo dicho, si se contiene, daña).

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