jueves, 28 de mayo de 2009

Fui enemigo de los goces sensibles




Empecé a trabajar en el mundo del cine cuando todavía era un adolescente, primero manejando la claqueta y después como brillante cantor de entreactos. Con aspereza y rigor impúber exasperé los ánimos de las guionistas que aspiraban a ministras. Considero que las imágenes cinematográficas, al ser objeto de deshecho en la sala de máquinas, no se acumulan sino que colisionan entre sí autodeslizándose sobre un colchón de vanidades y esa colisión tiene como principal objetivo crear estados de desesperación nerviosa y despertar al acordeonista de la sala para que asimile la "conclusión ideológica eliminada con apuntes al uso no autorizadas con frecuente acorde de orlas". A pesar de mis esfuerzos perdí pronto la facultad de expresión en la gran pantalla a causa de lesiones en determinadas zonas corticocerebrales, como consecuencia de un otoñal viaje a Italia junto a Ingrid Bergman. Representé de inmediato su cuerpo desnudo al modo realista del blanco y negro granulado y efervescente; fue una excelente excusa para permanecer 15 meses en Venecia, con visitas a Ferrara y Bolonia. Nuestra travesía prohibida de extramares me tentó a comer el fruto del árbol negro de la ciencia y peregriné a sus regiones más lluviosas.


Sin embargo me negué a comer la carne podrida y llena de gusanos de las subvenciones estatales. Ningún productor importante de hulla coquizable ha creído alguna vez en mi talento divino. Y eso que cumplo las premisas del cine ideológico comprometido y confiero a mis ensayos una muy cuidada estructura de comedia clásica en cinco actos que suelo titular en progresión recesiva. En cada uno de los actos desarrollo una acción del tema principal de mis películas: las montañas costeras que se elevan en la cubeta y dificultan la penetración continental. La diferencia principal entre mi hidrostática fílmica y la aerostática general del celuloide consiste en que debemos considerar la variación de mi densidad con la presión estética y la temperatura climática de las salas de proyección desacarizadas y precintadas. Argumentalmente un metraje idóneo -bajo mi punto de vista- está sometido a la reacción de la gravedad dramática y mantenido artificialmente a un ritmo constante y ultrapesado (secuencia isoterma ideal) resultando así la ecuación fundamental de la macroestática de situaciones ordinarias de actores baratos de escaso pelaje interpretativo. Mi plató de rodaje posee pocas fuerzas que se alquilan, con director o sin él, a particulares rabiosos.


Un lunes tormentoso mi suegra decidió producir de su propio bolsillo ocho películas con temática médica sobre extirpaciones quirúrgicas de amígdalas, pero mi excelente guión acerca de tumores epiteliales linfáticos no logró convencerla. Si las naves griegas tuvieron que esperar el sacrificio de Ifigenia para llegar a Troya, yo aguardé durante años a la puesta en práctica del método pedagógico ideado por las hermanas Agazzi, para sublimarme al fin ante el drago canario. Mi anciano tío abuelo carpintero falleció como consecuencia de la inhalación continuada de ácido acético, presente en la destilación de ciertas maderas. Heredé entonces su pequeño negocio de barrio de estilo italianizante arcaico, acervo que vino a redimir mis pretensiones fílmicas hasta entonces insatisfechas. Rodé el tránsito entre la vastísima zona que comprende los melodramas familiares rancios de sobremesa manchega y zonas adyacentes hasta el cine mitológico y bóvido de la negritud más recalcitrante, con aroma a pana gruesa de la Transición. Seguí mi propia tendencia: un movimiento propio basado en la valorización, la promoción y el estudio de realidades ocultas en lo patético y lo cotidiano de cada taburete, tambor, copa y poste. Me adapté al modo americano. Hoy me siguen dos millones y medio de pueblos pastoriles.


No estoy alineado. Filmé "Dreadnought" (1916) con un guión propio, elaborado a partir de una sinopsis realizada por el Teatro Proletario de Zou en colaboración con el marinero Vakulinchuk, sobre los hechos reales del acoplamiento en órbita protagonizado por los astronautas andinos en Julio de 1956, que finalizó con la unión sexual de todos los polos positivos de carácter estepario. Desde el día de su estreno me aportó fama mundial y se me considera uno de los grandes prácticos del decollage cinematográfico y el, por entonces incipiente, cine de micromasas castellano. Soy agauchado, tirano y aficionado a fabricar morteros para balanzas. En la diagonal árida de mi vida he ostentado durante varios lustros el título de "director revelación oxidado con problemas marinos". Confieso que he utilizado a lo largo de mi trayectoria desértica los más variados métodos de desmontaje: el arítmico, el antilumínico, el pseudointelectual, el contramétrico y el zarista. Soy simpatizante de recursos de tal calibre que me convierten en el aire que hace vibrar tus lengüetas libres.





1 comentario:

ROYO-VILLANOVA dijo...

Con éste post callaste a todos, Gaucho. ¿No ven, acaso -me pregunto- que tu carrera de la vida, eso que llaman en latín currículum vitae, tiene tanto de cinéfilo arte como de experiencia tuétana, es decir, esencial y viva en la que se reúnen el nervio, la derrota y la extenuación, la tozudez, el ánimo inconmensurable y ese pacífico espíritu resignado de quienes se perfuman con los vértigos del abismo infinito cada dulce y parsimoniosa mañana? Aahh...¡qué placeres aquellos de cuando éramos salvajes que retozaban sobre la hierba o se mataban a dentelladas por una hembra!No deje de anotar estas hebras nimias y hermanas para provocar con ellas, quizá, a su arte suntuoso y callado en el arranque de una idea que, de nuevo quizá, cristalicé en un ambiente oriental, desértico y despejado como un enorme cielo frío y azul, transitado por un niño inocente y, por tanto, sin plumas en la lengua y los nudillos descarnados, al cual persigue un destino al que él mismo persigue también... Gaucho-.