lunes, 25 de febrero de 2008

BREVIARIO DEL CAOS (otra taza)

El amigo Juanjo (MUNJOIE para los asiduos a este blog) me ha vuelto a regalar un libro importante. Como el anterior (el cirlotiano DICCIONARIO DE LOS ISMOS) pero de otra manera, una criatura entreverada de exabrupto y diagnóstico. Si los exabruptos de Cirlot son congelados diagnósticos, a veces copiosos (nunca vacuos) manuales, y otras concisa cábala de esencia poética destilada en alambiques cada vez más infinitesimales, los diagnósticos de Albert Caraco, exabruptos de hielo quemante, profundamente judíos en su aullido de profeta bíblico, profundamente descastados en su demoledora razón de House cuando le tocan los cataplines (espléndidos episodios llenos de tuétano los dirigidos por J.J. Campanella, cineasta paradójico que cuando rueda en USA alumbra joyas –como las citadas entregas de HOUSE o la película EL NIÑO QUE GRITO PUTA- y cuando lo hace en Argentina excreta esos hórridos excrementos de autojustificación que tanto gustan a la progresía aún rampante), profundamente definitivos en ese terminalismo del suicida y/o suicidador (aunque en la contraportada se mencionen, para compararlo, al farsante Cioran y a Céline, yo le veo más cerca de la discreta mirada de Drieu –el Drieu aforístico de los escritos finales o de las mejores páginas de sus novelas GILLES y EL FUEGO FATUO, ese Drieu en perpetua exigencia de muerte- que del convulso exhibicionismo de Destouches –válido, sí, y magnífico en la forma pero, en cuanto al fondo, siempre menor en relación con Drieu por huir de la muerte en vez de buscarla- y ya no digamos del fraudulento rumano dispensador de coartadas para la autotraición postmoderna; también pienso que las notas últimas del John Doe de SEVEN –previas a su abandono de la escritura para pasar a otro campo más tangiblemente ligado a la Muerte-, de haber tenido existencia real, exhalarían un aroma a Caraco).
Dudé entre encajar estas impresiones como comment dentro del hilo correspondiente a la entrada de Juanjo o (lo hecho) crear una entrada nueva a propósito del mismo libro. Creo que esto da más énfasis y, por otra parte, supone un nuevo puñetazo en la mesa contra el silencio abúlico que parece amenazar al LUMINAR desde comienzos de año.
Caraco también me trae a la mente a Gottfried Benn en su aspecto gris. La foto de la solapilla me recuerda a esos sujetos de los films de Chabrol, desapercibidos heraldos de la segadora de vanidades, burócratas con una vida doble rezumante de consciencia y/o delirio. Pese a tener a mano el Google, me resisto a la tentación de husmear biográficamente sobre nuestro hombre hasta no haber colgado la presente entrada. No me hace falta. El libro lo dice todo.
Y, por acabar con una cita (de los muchos párrafos que hago míos), elijo ésta:

«Por mucho que la nueva revelación nos parezca más que necesaria, antes es necesario que el escándalo explote y que nuestras mortíferas ideas agoten su demencia exhalando su malignidad, no eludiremos la catástrofe, está en el orden y somos sus cómplices, preferimos la catástrofe a la reforma, antes elegimos inmolarnos que repensar el mundo y no lo repensaremos más que en medio de las ruinas.»


viernes, 8 de febrero de 2008

Vivir es un abuso, no un derecho

Intento ser optimista. Esto es lo que dice Albert Caraco en Breviario del caos:

No podremos cambiar nuestras ciudades más que aniquilándolas, aunque sea con los hombres que las pueblan, y vendrá la hora en la que aplaudiremos ese holocausto. Entonces no retrocederemos ya ante nada y habrá quien se muestre el más bárbaro, nos volveremos los sacerdotes del caos y de la muerte, el orden será nuestra víctima y la inmolaremos para que el absurdo cese, llevaremos más lejos las plagas naturales y doblaremos su malignidad. Así castigaremos a aquellos que han nacido indeseables y que se jactan de multiplicarse aún, les enseñaremos que vivir es un abuso, jamás un derecho, y que merecen perecer, porque ocupan demasiado espacio aumentando la fealdad del mundo, abrumado por un excedente de hombres. Queremos restaurar y por eso pensamos en destruir, queremos reencontrar la armonía y por eso armamos el caos de nuestro amor, queremos renovarlo todo y por eso no dispensaremos ya nada. Pues si los vivos eligen la opción de ser unos insectos y de pulular entre las tinieblas, el rumor y el hedor, estamos ahí para impedírselos y salvar al Hombre exterminandolos.


Nietzsche lo dice así:

Han desaparecido ya muchas especies animales; supongamos que también desapareciera el ser humano: en el mundo no faltaría nada. Hay que ser suficientemente filósofo para admirar también esa nada.

viernes, 25 de enero de 2008

Divinas palabras (II): Álvaro Cunqueiro

A Cunqueiro, como a Pla, lo supongo uno de los escritores deliberadamente olvidado, de los que
no encuentras con facilidad en las librerías de moda. Ambos se conocieron. Con puntos en común en la visión de su tierra, la definición del hombre en el mundo, la percepción histórica, las dudas ante el folio en blanco y el goce por la gastronomía con raíces.



Un Cunquerio culto y humilde

"En mis años de mocedad, en una tasca de la calle de la Raíña, con la taza del Ribeiro en la mano y el suave lector vivaz de otras en mente, pensé más de una vez que podría escribir de Compostela y decir sus maravillas como nadie las había dicho. Probablemente ahora pague, con la endeblez de mis ideas y recuerdos, aquel pobre pecado de orgullo"

Compostela (II)

Y un Cunqueiro aparentemente prosaico

"la más aparatosa de todas las tartas gallegas es la de Mondoñedo, ... las tres capas son tres países de diferente sabor, y que se ayudan, y el todo es un dulce barroco, aunque se sospeche por la forma y por el adorno -las mismas tiras de masa que en la empanada del capitel del comedor del palacio de Gelmírez-, que puede proceder de los días románicos"

Cocina Gallega

miércoles, 16 de enero de 2008

EL CAMINO DEL CORAZON (1): AGUIRRE


«El mundo está sediento de seres excedidos.» (JOSE CARLOS AGUIRRE –línea extraída de su RUTA LOTHLORIEN, publicado en el nº 6/7 de EL CORAZON DEL BOSQUE-)

Rodeado de esas pilas de ejemplares de EL CORAZON DEL BOSQUE que nunca cumplieron su labor (consumar su itinerario desde la imprenta hasta las manos y los ojos de presuntos afines) y hoy sirven de impremeditadas peanas para los bafles de mi equipo de música, se me ha ocurrido iniciar una serie evocando lo más notable de mi aventura cultural y editorial más ambiciosa y, por supuesto, más frustrante (ahí las pilas muertas de risa en espera de lectores). Aunque ¿fue de veras tan frustrante?: las propias vicisitudes que vaya recordando aquí y la mera existencia de avatares ulteriores como la web LINEA DE SOMBRA o este blog o mi estrecha relación con Dildo o con el maestro Rafa demuestran que la saga corazonesca, si no en lealtades de lectores y en una mínima rentabilidad capaz de posibilitar su continuidad, fue fecunda en los gérmenes que me ayudarían a madurar tanto en lo intelectual como en lo emocional, a pasar de la anécdota de la política partidista tan pobre de espíritu y penetrar en la categoría de la observación metapolítica, cuyo ojo estereoscópico es el ojo de Dios, esto es, de la Naturaleza.
Dedicaré esta primera entrega a alguien fundamental para entender el meollo de EL CORAZON DEL BOSQUE, para discernir su voluntad de unir disconformidades de muy diverso pelaje y de transversalizar extremos desde la atalaya de la Revolución Conservadora (entendida esta en su sentido más totalizante y trascendente). Esa persona es Carlos Aguirre.
Pasivo y audaz, ser lunar con pretensiones solares (su aspecto –extraño cruce entre Fele Martínez y Homer Simpson- lo retrata muy bien no sólo en la superficie), animal cultural de raíz conservadora con un punto exhibicionista (en eso siempre me recordó a Xenius o a Montherlant) a la vez que observador curioso de los exabruptos postmodernos más biodegradables (recuerdo nuestras visitas al MOROCCO en el tiempo que lo regentaba Alaska –para seguir una charla de Escohotado o para sumergirnos en una dantesca velada neomoderna, de la que salimos escaldados por el exceso de mariconería y gilipollez snob-), vinculado y más tarde desencantado (como yo, como el zenmeister) de las sirenas políticas de canto azul que prometían engañosas primaveras, jüngeriano (¡cómo si no!), loco por Holderlin, psiconauta homérico (en el doble sentido –épico y freak- del adjetivo: con él disfruté de momentos esclarecedores como mis dos trabajos de ayahuasca o aquellas medievales jamonadas, donde –devorando un pernil entero entre vasos de buen vino- algunos elegidos elucidábamos cuestiones y estrategias para encarar con dignidad los días por venir –a ellas acudieron sujetos tan variopintos como Iñaki Fernández o Leopoldo Alas y, por lo que se ve de sus acciones posteriores, no parece que les sirviese de mucho-), amigo entrañable que puso corazón a la elaboración de EL CORAZON... (en algunos momentos fue su máximo proselitista, azuzándome en el nadir de mi ciclotimia), y también dinero (llegó a costear íntegro el nº final de la revista), relaciones públicas (fue suya la idea de crear en torno a la publicación un Núcleo de Vanguardia Operativa, agitador y seductor, terrorista cultural e independiente de toda disciplina y manipulación partidista –cuando yo me acerqué a FE/JONS se sintió decepcionado por mi obstinación en tropezar de nuevo en la misma piedra hasta el punto de abandonar la singladura pero volvió al final, interesado en la transversalidad con los abertzales, a los que consideraba más guerreros que políticos y, por tanto, respetables desde una óptica espartana, como también sintió, y por las mismas razones, una fuerte simpatía por Alicia Luxemburgo, la colaboradora ultraizquierdista de EL CORAZON...-).
No hay un solo texto de Aguirre en la saga corazonesca que sea irrelevante o anecdótico. Rigor, profundidad, mala uva en ocasiones, atención plural en los temas (el cine como arte total niestzcheano, las sustancias psicoactivas como aproximaciones a viajes de mayor enjundia, el contencioso vasco, el Islam, la decadencia que nos envuelve, el romanticismo alemán, Esparta... y Jünger, siempre Jünger-) conforman lo mejor que ha hecho este hombre en su paso por la tierra. Y no exagero barriendo para mi coleto: Rafa, buen amigo en su momento de Aguirre (a mediados de los 80, cuando unos energúmenos del Sindicato de Estudiantes lo apalizaron arbitrariamente –Aguirre es la persona más ajena y crítica del matonismo y la violencia facha- hasta casi llevárselo al otro barrio, fue el zenmeister –entonces más guerrero que monje- quien vengó cumplidamente aquella canallada), a veces trae a la tertulia noticias dispersas sobre nuestro hombre. Y esas noticias siempre están cargadas de humor amargo al hablar de alguien “que se ha echado a perder”. ¿Causas?: su interés por la psiconáutica acabó deviniendo en monomanía y lo homérico escorando más hacia Matt Groening que a la entereza del rapsoda griego, también tuvo su parte de culpa una compañera dominante y profundamente celosa de todo lo que pudiera relativizar su ascendencia sobre el amigo Carlos (siempre acaba apareciendo el final de LA VOLUNTAD azoriniana por alguna parte), compañías dudosas que antepuso a la nuestra (buscavidas moscones de la cofradía de Dragó, de esos que utilizan la figura jüngeriana del Anarca como cínica coartada para su petulante picaresca, para sus triquiñuelas proxenetistas de algo tan noble como la Cultura –en tanto que impulso vivo y espontáneo de todo ser vivente-)...
En fin... Aunque Rafa y yo siempre estamos entornados (abiertos sería a estas alturas demasiada ingenuidad) a una eventual recuperación y reencuentro con Aguirre, no nos hacemos muchas ilusiones. Tal vez, si lee esto, incluso se ofenda sin dar la menor chance a la reflexión.
Una pena. Sólo queda, por el momento, el pudo ser (o, mejor, el “fue bonito mientras duró”) de sus colaboraciones para EL CORAZON DEL BOSQUE.



ilustración: JOACHIM LEHRER

miércoles, 19 de diciembre de 2007

nunca ha sido Mahagony


Amsterdam posiblemente ha conocido en su historia más reciente dos momentos en los que ha conseguido que la mirada se dirija hacia ella. Los años sesenta abrieron la puerta. Este 2007 la hace tan atractiva como entonces.
Escaso es el tiempo para disfrutar la libertad que desde el Renacimiento la ha hecho singular. Toda una batería de límites que nos invitan a correr hacia una ciudad que hoy alcanza su máxima decadencia como referente de una cultura. El rojo de su barrio se desvanece. El marrón de sus cafés deja adivinar un inminente sabor incoloro.
¿Siempre quedarán los museos?

photoclaroscuro

miércoles, 5 de diciembre de 2007

LA IMPORTANCIA DE NO PARECERSE A PHILIP J. FRY

«¿Nosotros hemos inventado la felicidad? -dicen los últimos hombres, y parpadean» (F.W. NIETZSCHE)

¿La diferencia entre Homer J. Simpson y Philip J. Fry?: la que hay entre Sancho Panza y Lázaro de Tormes. Con el tiempo, Sancho se depura al lado de su señor, en tanto que el arquetipo de la picaresca, rodeado de sujetos envilecidos y más romos de inteligencia que él, acaba por degradarse del todo al perder su único talento, una cierta astucia pedestre para sobrevivir. Sancho, con las peripecias y también por imperativo de supervivencia, descubre nuevas dimensiones para su estrecho mundo (de las diversas adaptaciones cinematográficas de la saga cervantina, tal vez sea la más humilde en intenciones, la de Cantinflas, la que incida más en esa transformación) mientras Lázaro, contradiciendo su bíblico nombre, en vez de resucitar a una visión del mundo más trascendente, empieza a caer en el conformismo, olvida sus artes rastreras y desciende, al resultarle la vida menos dura que en sus primeros años, por la pendiente filistea hasta convertirse en un perfecto e inerme representante de la mesocracia.

Homer y Fry son dos variedades para una misma figura nietzscheana, la del Ultimo Hombre. En Homer sigue viva la inocencia de Atapuerca al lado de una cierta madurez que le aporta una vida imprevistamente aventurera, llena de locas peripecias, inmerecidas según los cánones de la épica (es lo que indigna a Frank Grimes, su Caín particular, laborioso, meticuloso pero carente de chispa imaginativa y, por tanto, inasequible al rango de aventurero desde su cuadriculada mente): cuando acabe el ciclo y recomience, quien, como Homer, tenga frescos los rasgos anímicos de Atapuerca y esté familiarizado con la noción de aventura, se hallará en mejores condiciones de adaptarse a la nueva Prehistoria/Medievo. Homer es, en su calidad de imbécil apocalíptico, de acelerador de la caída del mundo en que vive, un héroe de nuestro tiempo al propiciar, con sus acciones disparatadas pero siempre rotundas, la llegada de un tiempo nuevo. Ignoro cuál es su ascendente étnico: supongo que alguno que los guionistas judíos de la serie consideren (con esa petulancia tan propia del judío) especialmente risible por inferior en capacidad intelectual (irlandés –hay ecos de sátira antiReagan como paradigma del estúpido en un puesto que le supera pero que, al final, logra triunfar en sus objetivos sin saber muy bien cómo: sería la contrapartida de un estúpido ulterior, George W. Bush, el estúpido de ascendencia judía que se labra con cada nueva decisión su propia catástrofe-, tal vez eslavo –el primitivismo de iconos como Yeltsin o el papa polaco que acompañaron cronológicamente el desarrollo de la serie han podido también contribuir a la construcción del perfil-). Quizás en la figura de Homer los guionistas quieran retratar el miedo a la caída de su propia etnia (enésima caída en ese rollercoaster que supone la historia judía, hecha de despóticos y mal administrados triunfos y de atroces penitencias: caída ejemplificada en las decisiones cada vez más erróneas y alejadas de la realidad tomadas por la administración USA y por los sanedrines políticos israelíes y que han logrado lo impensable, que rancios argumentos antisemitas emanados del tronco germano y eslavo hoy vuelvan a ser asumidos como respetables y pedagógicamente novedosos por crecientes franjas de población –no sólo de confesión islámica sino occidental antiSistema, tanto en Europa como en Latinoamérica y hasta en los propios USA-) en contraste con la consolidación de la basura blanca irlandesa, en su momento considerados casi peor que los negros (consolidación tanto en el contexto norteamericano como en el hecho de que Irlanda sea el país europeo con mejores perspectivas de futuro socioeconómico).

Fry, también de posible ascendencia irlandesa, es muy diferente. El Ultimo Hombre en sentido literal. El resultado terminal de la civilización. El inculto Homer, desde su incultura, crea cultura: Atapuerca como final y como principio. El civilizado Fry, en su indolencia, en su cobardía, en su abulia, en su carencia de imaginación (demostrada por sus torpes ejercicios audiovisuales con el holófono), sin esos impulsos locos que caracterizan a Homer (y que éste, muy lúcidamente, inculca a sus hijos como su mejor rasgo), enlaza con el Bart Simpson de las elucubraciones futuribles (el Bart viviendo con Ralph sin más conexión con la aventura que el recuerdo de una infancia condicionada por las bizarras -en el doble sentido de la expresión- aventuras de su padre, por el bucle sádico de las putadas de Pica contra Rasca, y por el destino manifiesto de su hermana de menso CI ocupando el inquilinato de la Casa Blanca). Fry es un pasota, el abúlico de ZARDOZ, el bobo ciudadano romano descrito por Momsenn que vio llegar el Medievo sin hacer nada por evitarlo (aunque ese acto fuese inútil formalmente pero habría justificado su existencia en el cosmos), el señorito de que hablaba Ortega sin instintos de supervivencia y convencido de que las prótesis que la Técnica nos depara son fruto de la Naturaleza (vamos, que cuelgan de los árboles/hipermercado o brotan de la tierra/EBay y en nada nos incumbe su génesis y su evolución como posibilidad de supervivencia). Cuando la beatitud hippie y la rabia yippie degeneraron en la picaresca predación trapichera (germen de la posterior avidez yuppie de los 80 –Escohotado, en su HISTORIA DE LAS DROGAS, explica muy bien este horrendo devenir-) y en la degeneración pasota de los temperamentos menos emprendedores (convencidos de que todo va bien en la aporía terminal –o lo que es igual, que la catástrofe definitiva de nuestra civilización durará muuuucho estirándose como chicle- y que, a corto plazo, podemos salir a flote en un panorama desprovisto de cualquier pulsión mínimamente trascendente: ahí tenemos a un Santiago Segura como superfriki triunfador a costa de un arte llamado Cine –que, en sus manos, se reduce a una coartada para ganar dinero fácil, como cuando se presentaba a los concursos de tv- o al propio Fry escamoteando el crack de su civilización en una campana criogénica para resucitar en un futuro salvaje pleno de aventuras donde él se limita a dejarse llevar como peso muerto).

Jünger, desde su posición de caballero cuerdo (eso que Don Quijote sólo fue en raras ocasiones –pero cuán estupendo se ponía en tales momentos-) y desde su valoración antiilustrada de la Cultura y la Naturaleza (su crítica a la educación universal, indiferenciada -que uniformiza y anula los instintos básicos, los impulsos vocacionales-, y su defensa de la formación selectiva y estamental –que aquilata nuestras potencias, que de veras nos realiza, que maximiza nuestra funcionalidad-), defendería a Homer de sus petulantes mofadores reivindicándolo como materia prima cargada de Destino y señalaría como lo auténticamente crucial, como el quid de la cuestión, el NO PARECERNOS A PHILIP J. FRY, el auténtico ejemplo de Lo Humano como cul de sac.



domingo, 25 de noviembre de 2007

SUEHIRO MARUO




Nick Curry, el tuerto de oro, más conocido como Momus, aclara en su web en qué fuentes se inspira su música: “Puesto que tengo una personalidad cautelosa –que, sin embargo, anhela una gran libertad- me identifico con los decadentes de finales del siglo XIX, como Wilde o Beardsley. También me identifico con los japoneses jóvenes y tímidos, que están empezando a dejar atrás un periodo similar al victoriano en su propia cultura, caracterizado por la rigidez. Lo interesante es que cuando la libertad va más allá deja de interesarme (se me viene a la cabeza la imagen de los turistas australianos que hacen surf drogados en Bali). Lo que deseo capturar es el primer atisbo de libertad que descubre una persona verdaderamente reprimida”. La obra de Suehiro Maruo nace a borbotones de ese asombro, y tiene –a pesar de su crueldad- la pureza de los primeros descubrimientos. Y es que Suehiro Maruo es, para quien no le conozca, uno de los reyes del ero-guro, un subgénero del manga que expresa en estampas lo anómalo, lo surreal, el erotismo desenfrenado y la violencia. Lo interesante es que en su obra la dosis de modernidad es mínima: sus historias son una anomalía que hunde sus raíces en el pasado feudal de Japón, en el ukiyo-e, las imágenes del mundo flotante, que nos siguen pareciendo extrañas y alucinadas.

Veamos algunos de los temas que aparecen en sus cómics: una pasión inexplicable por los ojos (la oculofilia de Suehiro Maruo deja en paños menores a Bataille y su Historia del ojo), guerras secretas, maldiciones sintoístas, la nueva carne (siguiendo una tradición típicamente nipona -donde la fusión del hombre con la máquina se revela en toda su violencia física, sin prestar tanta atención a la prospectiva social- pero también de acuerdo a obsesiones personales: la carne se desteje en sus historias como si estuviera viva, y en los cuerpos de sus personajes aparecen estigmas y tatuajes sobrenaturales), los monstruos de circo que se exhibían entre luces hace más de un siglo en Coney Island, la violencia de los crímenes sexuales, las perversiones o los relatos de vampiros.


A veces una historia autoconclusiva de tres o cuatro páginas (en su obra abundan las recopilaciones de historias breves) sugiere mundos enteros, como ocurre al comienzo de Paranoia Agent: “Apareció en Shanghai en los años 30. En esa época Shanghai era conocida como la ciudad demonio y el grupo Mao, biológicamente desarrollado, había emprendido una guerra contra los robots capitalistas, tecnológicamente modificados”. Sobre un fondo rojo óxido, como dibujados en sanguina, los agentes secretos de Suehiro Maruo se persiguen y se disparan, hay explosiones y asesinatos. De repente la historia acaba de forma abrupta. En la siguiente página, antes de que nos recuperemos, nos contará un crimen sexual o quizá una historia de fantasmas. Su velocidad es terrorífica, y trae a la memoria un momento célebre de Neuromante, de William Gibson, en que el narrador se sincera y afirma: “teníamos la sensación de vivir en un perverso experimento de darwinismo social, ideado por un investigador aburrido que mantenía el dedo permanentemente apretado en el botón de avance rápido”. Suehiro Maruo escribe para una generación castigada por la velocidad, y sus historias exigen víctimas con un umbral de atención demasiado bajo.


En un país y en un arte lleno de excesos estos temas, todo hay que decirlo, no tienen nada de especial. En la forma, en cambio, Suehiro Maruo destaca. En sus cómics reaparece la línea clara de Beardsley y un grafismo inspirado en el estilo de los años 30. También es diferente su manera de abordar los temas que le interesan. Sus excesos no deben confundirnos: estamos muy lejos del hastío de Sade y de su enciclopedismo –esos vicios tan modernos-. Las tropelías del Divino Marqués, es bueno recordarlo, sólo tienen interés como caricatura extrema y non plus ultra del proyecto ilustrado, como conciencia de un límite. En cambio en el sexo extraño y las mutaciones que recorren las historias de Suehiro Maruo, como sucede con la obra de Charles Burns, el tedio ha sido desterrado y sigue habiendo un lugar para la fascinación y el misterio.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

LA HUMILDAD DEL CREADOR

Hay una calma eléctrica en el corazón de la tormenta.
Trascendentalmente viva
segura y cálida.
Sal, ahora, a buscar la musa.
La plaga está ahí.
Debes elegir.
Tú debes decidir.
Tu mente objeta. Es tuya, es suya, es nuestra, es de ella.
La moral aún nos puede salvar.
La alternativa es la muerte.

En REQUIEM POR BROWN (novela de James Ellroy) el protagonista, un ex/policía alcohólico cuya única conexión fuerte con la Kultur es su afición por la música clásica (romanticismo alemán) y sus charlas con un amigo freak fanático de la SF, sueña este poema. Se despierta angustiado y, tras apuntarlo, está convencido de que no será sino un refrito que su subconsciente ha elaborado con versos ya escritos por autores consagrados. Acaba yendo a una biblioteca pública donde se tira seis horas sin encontrar referentes y acaba aceptando, pero todavía algo escéptico, la autoría. Cuando lo hace, las circunstancias de hiperviolencia justiciera en las que se mueve lo están llevando a un nivel existencial más elevado. Todo va unido. El crea desde sus días y noches vividos, vapuleados, sangrantes. No hay diletantismo ni licencia poética en esas líneas que soñó. Pero no puede asumirse como un creador. Le parece demasiada presunción. Eso es lo entrañable. Tal vez Fritz Brown no vuelva a escribir otro poema en su vida. O lo haga pasado mucho tiempo, tras otro momento traumático de cambio de piel. Pero tampoco en esa ocasión sus palabras serán baldías. Aunque sólo existan para sí mismo. La acción de esta novela transcurre a comienzos de los 80. Hoy Brown lo mismo tendría un blog, sin lectores, sin comentarios, como una caja de seguridad en la que volcarse para monologar. Como una consigna de estación donde albergar lo mejor de sí. Esos rincones de la red son los auténticos tesoros que depara esta suprema banalidad llamada Internet. Que alguien como Fritz Brown escriba su blog en la oscuridad de la multitud. El espejo oscuro frente al que reconocerse (pero siempre a regañadientes) como creador.


jueves, 15 de noviembre de 2007

la verdad de las novelas



Carracedo (photoclaroscuro)

No es ninguna noticia la inocencia de los caballeros de la Orden del Temple, setecientos años después de su desaparición. Y eso que los caballeros del Temple debían ser “cosa fina”. El papa, vendida su mitra al rey francés, acató los deseos de éste, sin necesidad de condenar directamente a la orden. Si bien hace poco tiempo se recuperó el documento del proceso, la posición del papado era ya conocida. Y es que no sólo del Archivo Secreto Vaticano proceden las que continuamente se llaman “escasas noticias”. Sin buscar muy lejos, el fondo documental más voluminoso que sobre los templarios existe se encuentra en el Archivo de la Corona de Aragón. Tal vez lo que menos dejan traslucir los documentos –por aquello de que son testimonios legales y administrativos- son los entresijos en los que descansan el mito y la leyenda.

No es mi intención adentrarme en el terreno de los testimonios de primera mano. Prefiero recurrir a la literatura. Hace más de ciento cincuenta años Gil y Carrasco escribió “El Señor de Bembibre”. El autor tal vez conoció la obra de Grouvelle durante su trabajo en la Biblioteca Nacional. El tema le interesaba por su origen leonés y el referente obligado de El Bierzo: Ponferrada, Cornatel, Carracedo o Arganza. De sus palabras se desprende simpatía por la orden. Pero desde un precioso y cuidado encuadre romántico. Cuenta cómo las intrigas, la ambición, la codicia encontraron el modo de despojar a los templarios de sus bienes, cuyas riquezas sobrepasaban a las de cualquier corona cristiana.
Este ejemplo hace pensar que la auténtica novela histórica, la que mira a la Edad Media, ya fue escrita en el siglo XIX. Hoy se convierte en noticia una información voceada a lo largo de los siglos.


“ahora ya no queda más del poderío de los templarios que algunos versículos sagrados inscritos en lápidas, tal cual símbolo de sus ritos y ceremonias, y la cruz famosa” (Enrique Gil y Carrasco)

lunes, 5 de noviembre de 2007

















"La decadencia de la fisonomía indivual genera un extraño mundo de marionetas"

Imagen de "El mundo transformado", uno de los fotolibros de Jünger, amena indagación gráfica comentada sobre los peligros que conlleva el presente.