sábado, 21 de agosto de 2021

UNIDAD DE DESTINO EN LO INSTRUMENTAL

 Está bien evocar a don Pelayo, los tercios de Flandes, el Gran Capitán o a los padres fundadores de "lo azul" siempre que se haga "a la manera confuciana", esto es, como herramientas cargadas de futuro, como medios útiles para construir el día de mañana. Pero usar el culto a "lo heroico" como coartada para la mera pulsión nihilista, siempre más lúdica y cómoda que el ponerse manos a la obra, desde mi trayectoria plagada de desencantos y descubrimientos, pero siempre vinculada al pragmatismo (incluso en los momentos más desesperados, cuando sólo veía el final espantoso como alternativa al espanto sin fin de que hablaba Lenin, veía eso como mejor que un infernal día de la marmota: a partir del 11S -en el plano planetario- y del 11M -en el plano doméstico- ambas opciones se entrelazaron a favor de la aporía hasta que se empezaron a otear signos de catarsis como el apeamiento del limbo rajoyano por el Titanic sanchista -con su cadena de efectos boomerang, que permitió a VOX actuar en un cierto rol fiscalizador de los nuevos poderes okupantes, y la puesta en evidencia de PODEMOS de presunta expectativa a completo y grotesco bluff que ha arrastrado al resto de la izquierda, con el PCE a la cabeza, sin olvidar la completa descomposición catalana por mor del prusés soberano de facto-, como la llegada de Trump -que alancea después de ¿muerto? con su guerra de Secesión 2.0-, como la consolidación putiniana a partir de su diplomacia multipolar -nada baladí el factor turco a partir del autogolpe de Erdogan ni la "orbanidad" turaniana como atenta discípula del Putin Amo- y, sobre todo, con el ascenso de China a primer referente global). Desde esa trayectoria, fui cada vez más crítico con las latrías ramiristas (todo el discurso de RLR no es sino el seductor maqueo con que disimulaba sus verdaderas intenciones, tan claramente plasmadas en EL SELLO DE LA MUERTE) o con los tonantes "gironazos" (que el tiempo reduciría a esa penosa apología del "amigo americano" que supuso la última novela de Rafael Gª Serrano -aún más penosa desde las reflexiones "afganas" que nos imponen los acontecimientos más recientes-) para prestar más atención a un Onésimo en relación con la Castilla vaciada, a un José Antonio como padre fundacional de la Transición suarista o a un sujeto tan olvidado como Arrese como único intento serio (en sus intenciones pero tan precario en los mimbres...) de institucionalizar "lo azul" con voluntad de funcionalidad y permanencia (lo que hicieron, con un ojo puesto en el salazarismo -no olvidemos, el régimen autoritario más longevo de Occidente, que ya era mocito cuando la Gámez cantó el "YA HEMOS PASAO" en el Madrid hemorrágicamente primaveral del 39- y otro ojo en la flamante V República gaullista, Carrero y sus cerebrines tecnocatólicos) abandonando el parche peronista/gironiano (es sintomática la caída en desgracia del quasi perenne ministro de Trabajo, mera copia castiza del modelo argentino, cuando el modelo argentino es apeado en el 55) por una visión más ambiciosa y constructiva (tras esto, y como alternativa más insidiosa a los estériles coletazos del búnker, sólo quedaba el neoperonismo socializante de Emilio Romero desde su periódico y sus tejemanejes que acabaría desembocando a través de su delfín Cebrián en el rodillo prisaico que consolidaría la corrupción funcional del priísmo felipista, espejo -curiosa tornavuelta si pensamos en Girón- para nuevas hornadas peronistas, caso del "caudillo" Menem). Confucio no es recuperado en el postmaoísmo como ejercicio de estilo o como venida arriba de "poseur" temperamental, sino como HERRAMIENTA. No puede haber destino más glorioso que la instrumentación constructiva del Pasado (CONSTRUCTIVA, insisto, y a partir de una hermenéutica meditada a conciencia, sin veleidades caprichosas de reducir los días que se fueron a mero pelele goyesco al innoble servicio de picarescas nanoplacistas), como asumiría el primero y más grande de los pragmatistas hispanos, Maeztu, infinitamente más esencial en el pulso iniciado en la canícula del 36 que desde luego su tocayo Ledesma Ramos (con quien pasaría algunas de sus últimas horas y al que no sé si "convertiría" al credo vaticano -como dicen las lenguas más pías- pero quiero pensar que sí le hizo reflexionar camino de Aravaca sobre la cuestionable valía de su quijotismo kamikaze).